Josep Icart i Espallargas nació en Pla de la Seu de Tarragona el 19 de julio de 1928. Desde su infancia mostró una gran predilección por la pintura y el dibujo. Icart fue uno de esos artistas de Tarragona que recibieron su formación en la Escola-Taller d'Art de la Diputació, donde años más tarde también ejerció como profesor, al igual que su compañero Tomás Olivar.
Con tan solo 15 años, en 1943, obtuvo una beca de la Diputació. En sus inicios se dedicó principalmente a la decoración y restauración, disciplinas muy demandadas como consecuencia de la destrucción causada por la guerra. Viajó en diversas ocasiones para conocer el patrimonio pasado y presente, aunque nunca tuvo una predilección fija y concreta. Ganó varias medallas en competiciones y siempre destacó por su personalidad inquebrantable, que lo acompañó durante toda su vida.
Falleció en 1985, cuando estaba a punto de inaugurar la Embajada Cultural de Tarragona en Barcelona, una exposición de dibujos y poemas que sería un homenaje al artista.
En sus inicios, Icart era ya un genio en el dominio del dibujo y la técnica compositiva; además, tenía un sexto sentido para el color, aunque se distinguía por su ejecución discreta, caracterizada por sus pinceladas intensas que denotaban cierta influencia de los maestros postimpresionistas catalanes. Sin embargo, fue alejándose del concepto formal y puro —a veces engañoso— para inclinarse hacia composiciones aparentemente abstractas. En este sentido, configuró un lenguaje personal «único en la línea de su tiempo», lo que dificultó que su creatividad fuera aceptada en Tarragona, donde las instituciones y el público seguían educados bajo paradigmas artísticos figurativos que demandaban obras del pasado.
La tercera etapa, contextualizada en los años setenta, es «rebelde, fosilizada y atormentada. Formas orogénicas, como rocas agitadas, con un ritmo convulsivo». Pero, en los últimos años abandona el negro y los contrastes agresivos para dar paso a «una línea sinuosa y autónoma, que se desarrolla en el espacio horizontalmente y de manera cada vez más mecánica, automática, instintiva, con una libertad absoluta». La luz y el color se vuelven cada vez más cabdales, su intensidad los hace florecer como si una sinfonía de tonos pastel envolviera el marco, acercando al espectador al misticismo del infinito.
1954: Segundo premio en la XII Exposición Nacional de Arte de San Sebastián.
1955: Primer premio en la Exposición Provincial de Arte de Tarragona y beca para ampliar estudios en Madrid.
1956: Medalla de bronce en la Exposición Nacional de Pintura.
1959: Premio en la Exposición Nacional de Arte de San Sebastián.
1974: XX Medalla Tapiró d'Or de la IV Bienal de la Diputació de Tarragona.
1981: Mención honorífica en la XXIII Medalla Tapiró de Pintura.
"Una obra interiorizada, pura y auténtica, de incuestionable calidad y relevancia, de la que sacamos a la luz en esta exposición una selección muy significativa con la intención de rendir el merecido homenaje a tan extraordinaria fidelidad al arte y a la tierra."
Medina de Vargas, R. Josep Icart (1928–1985) Tarragona, Diputació de Tarragona: 2005, p. 19